Como los viajes se hicieron más largos, las epidemias de escorbuto y de tifus siguieron siendo comunes. Uno se pregunta ¿cómo era posible que tantos hombres se dedicasen a la vida del mar bajo esas condiciones? La respuesta es que no muchos marineros eran voluntarios, la gran mayoría era reclutados mediante “levas forzosas”.
La vida a bordo comenzó a cambiar gracias a las observaciones de James Cook, oficial de la marina inglesa, que comprendió la importancia de la higiene a bordo tras comprobar que en sus buques, de cada diez marineros muertos, sólo uno había sido en acto del servicio y nueve habían muerto por escorbuto, desnutrición y enfermedades infecciosas. Empezó a repartir limón contra el escorbuto, mejoró la dieta y luchó porque las tripulaciones tuvieran cámaras más espaciosas, aireadas y cómodas.